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domingo, 21 de abril de 2013

Rocco Sigfredi es siempre otro.

Te imagino yendo hacia ninguna parte, mientras yo corro hacia tí, pero tu no escuchas porque algo indefinido tira de ti hacia no sé dónde y yo ahí no consigo llegar.
Y con cada paso que das te vas alejando de esto que fue y que será una tregua en esta vida llena de personas que son piedras, en este ir y venir constante.
En los hierros que separan la caída más brutal siguen las dos iniciales que tatuamos en aquel muro, te hundirá y me hundirá y solamente el grito nos servirá.
Para tí era todo muy fácil, solías empezar tú, me buscabas y me encontrabas, tampoco me escondía demasiado, tampoco te decía que no.
Nunca vas a saber por quién gritaba, nunca me lo preguntaste, y no hay paz, el monstruo sigue viviendo dentro de los armarios dónde nos escondimos, siendo cómplices sin saberlo de lo que ocurría a nuestro alrededor.
Aquel frío insensato de las 4 de la mañana, aquellas huidas hacia ninguna parte, la vida que nos junta y nos separa, quizás nunca deberíamos haber traspasado algunos límites, ni ver Annie Hall ni chocar con muros invisibles jugando a que no existían.
No sé para qué le doy vueltas a lo mismo, yo ya no puedo hacer más si este más siempre resta, no puedo hacer chas y aparecer a tu lado, no puedo hacer que ocurran ciertas cosas, no puedo cambiar los acontecimientos, no puedo ponerme más en tu lugar porque yo también quiero contar, no quiero ser otra más de cientos, otra idiota más con la que jugabas a querer, a vivir, a huir de tus miedos metafísicos, pero ni eso fue suficiente.