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sábado, 18 de agosto de 2012

Te escribo de ventana a ventana que te quiero.

Aquella mañana me abriste la puerta en calzoncillos. Eran azules oscuros.
Nos sentamos en la mesa de la cocina y yo te observaba mientras hacías café y bostezabas todo el rato.
Esa mañana jugamos con los límites de nuestras propias limitaciones y  dejé mi olor impregnado por toda tu casa y el tuyo se quedó instalado en mis pulmones cómo un humo denso.
Seguías siendo tan dolorosamente tú como siempre, desafiando no se sabe muy bien a qué, contra quién ni porqué, pero a tu lado todo tenía el sentido absurdo de las cosas inexplicables.
Los pájaros posados en tu ventana me gritan que vuelva, y me giro, pero tú ya no estás.
¿Sabes? alguien en una terraza ha gritado te amo, y no, no era yo.